¿QUÉ PENSARÁN DE MOSQUERA EN JAPÓN, PÓN, PÓN?
Por Elvia Rosa Castro
En cierta ocasión publiqué en mi blog lo siguiente: "Cuando leo los excelentes ensayos de Gerardo Mosquera sobre el reciclaje de las culturas o la antropofagia llego a la siguiente conclusión: Debemos dominar el inglés pero hablarlo con acento". Es obvio que me estoy refiriendo a los temas (plurales) de las identidades y, por qué no, a su pérdida y recuperación en y a través de lo saltos del venado, del arte en la cultura. Creo que aquí radica el focus de los desvelos de Gerardo Mosquera y su producción, tanto curatorial como ensayística.
En ese afán de articular discursos explicativos de los procesos culturales, él no deja títere con cabeza y altera las nociones embasadas en los binarios modernos. Es más, él mismo se recicla en un ejercicio de superación cercano al vencimiento de cada anillo de la serpiente lezamiana. El hecho de poder constatar que los años transcurridos, la cantidad de información que posee y la intensidad de sus labores curatoriales no han anulado sus tesis de los primeros textos escritos en los ochenta, sino que, por el contrario, se han enriquecido con nuevas nociones (que no convicciones), lo ubica dentro de los clásicos en el tema de identidad cultural y circulación artística. Más allá de la crítica, situado en los predios de la culturología.
Mosquera ensaya sobre las raíces accionantes, esas que se contraen y expanden, que toman y dan, que se alteran y otrizan para no ahogarse dentro de un uso inoperante y oxigenar, al mismo tiempo, la tradición. Que se reinventan y migran. Portadoras de timidez y desparpajo, actúan como pasajes comunicantes a la vez que desorientadores, al estilo en que Benjamín los concibió. Anclado en estas nociones, lanzó aquella mesiánica idea de que el Tercer Mundo haría la cultura occidental para exhibir uno de los rasgos fundamentales de su ensayística: su carácter heurístico, el don de avisorar y lanzar esa invención (pues todo en la cultura lo es, de ficta) trazando la mayor de las hipérboles. Y he aquí otra característica de sus textos: la exageración que provoca, que remueve, que sacude.
Desde los primeros momentos su crítica tendió al ensayismo y esto se debe, creo yo, a que su actividad de promotor de las nuevas generaciones artísticas dentro una práctica insular congelada a nivel de pensamiento requirió de él una fundamentación conceptual, social, estética e incluso ideológica que desbordaba la mera reseña o el ejercicio crítico. Con ello subvirtió la escritura al uso y realizó una nueva propuesta teórica al reenunciar y llevar a primer plano la relación entre arte y sociedad, abriendo el diapasón referencial, tanto histórico como teórico y crítico. A esto sumamos que él no sufría de los conflictos de estar al día (nótese que la antología Del pop al post estuvo preparada desde el nacimiento de los ochenta), por lo que tenía al alcance lo que brillaba en materia de estudios culturales. No obstante, es su discurso, además de sano, sabroso: una irrupción revitalizadora que no se desprende, él que defiende el hub, de los rigores canónicos de la Academia : los asentamientos bibliográficos, las referencias, todo en su lugar. No hay saltos en su escritura sino un trayecto. Pero todo espetado con un sentido del humor increíble, exhibiendo los epítetos más eficientes y simpáticos a una realidad que no pare un nuevo lenguaje; a lo sumo una neolengua.
Cuando escribí aquel comentario en mi blog, yo estaba halada por la lectura de "De la 'antropofagia' al 'desde aquí'. Procesos culturales del arte contemporáneo", ensayo publicado en libro-catálogo Otro arte en Ecuador, volumen que me había regalado el propio Mosquera.[1] Ahora lo hago convocada por la compilación Caminar con el diablo. Textos sobre arte, internacionalismo y culturas, editada por EXIT Publicaciones, Madrid. Mi primera objeción, tras una rápida ojeada, era que las editora no había tenido en cuenta el excelente ensayo publicado en el catálogo ecuatoriano, siendo, en mi opinión, el más enjundioso, pero al cotejar los compendios veo que sí, que lo incluyeron bajo el rótulo "Caminar con...". Otra vez Mosquera se recicla, canibalea, hurta, autodevora y supera porque, no me contradigan, este título es mucho mejor. Aquel, aunque excelente, es para académicos o eventuales oyentes. Este, exquisito, es para lectores que disfrutan la escritura.
Caminar con el diablo supone un "sí pero no", un convivir con las tentaciones que se ofrecen en el desdibujo de las fronteras a la usanza moderna, sacarle lasca (endiablarnos de vez en cuando) 0a sabiendas de que el tiroteo muchas veces no es bilateral. Significa vivir un no man's land mental aunque estés anclado en el "afuera" de la escena. Convivir con el diablo es también darle agua al dominó y tratar de imponer ciertas reglas de manera lateral, e incluso sutil.
Esta nueva geografía, que está orientada, básicamente, a la distribución de la producción simbólica, es explicada de una manera llana pero magistral a lo largo de todo el libro. Se trata de una visión poscolonial del arte y la cultura que, nutrida de las disciplinas de los Estudios Culturales, de la Sociología latinoamericana y de su experiencia como curador desguetizado hace años, subraya su posición dentro de un núcleo de estudiosos preocupados por este fenómeno como Néstor García Canclini y Nelly Richard, por citar dos ejemplos.
Caminar con el diablo
resume todo lo que he escrito desde las primeras líneas del presente texto. Aunque la edición deja mucho que desear, como es sustituir el término "internacionalización" por "internacionalismo" en el propio título, además de otras repeticiones que pudieron obviarse, les puedo asegurar que estoy delante de un libro imprescindible. Ante un batazo intelectual a la altura de las letras.
Entonces, debe ser bueno lo que piensan en Japón, pón, pón.
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