El arte se siente, no se piensa



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Bajo otra tormenta que terminó por ensoparme, hace unos días, un escritor me regalaba de elogio que me notaba más lírico y conceptual que antes; sobre todo más conceptual. Y me dio cierta risa, porque me he pensado más como un salvaje que trata de domarse con el ejercicio de algo que llamamos arte, tal y como lo sentía Sade: ser el animal que se levanta sobre las bestias. No hubo negativa al elogio –que encubre algo de mi locura y aparente random según los ojos de otros– pero sí volví a pensar cómo desde hace años me propongo, más que pensar el arte, sentirlo.
Días antes Irving Vera me dice en Berlín de esta muestra que se estaba preparando. Y en el frío, cerca de donde reposa el bigotudo alemán que sólo nos dejó de Dios su sombra, escuchaba su Wagner impetuoso, miraba las imágenes y volvía a ese punto que tanto lastra al Occidente cultural: el pensar y el sentir. Para nada coincidente, "Dimensiones Variables" encajaba en el ambiente vivencial que me rodeaba; donde me estaba dejando llevar por lo conmovible, más que por la razón, para intentar desterrar eventualmente el imperio del pensamiento sobre todas las cosas.


Desde hace unos años, Adriana Arronte ironiza y poetiza los íconos de consumo que sin duda, desde los sesenta, se convirtieron vertiginosamente en otra religión de la masa, sustituyendo los viejos dioses por nuevos dioses –muy viejos, que son los símbolos paganos; de la vida normal. Mas Adriana crea un imaginario con ellos y cierta narrativa lúdicra, no manipula  las marcas para criticarlas –ya eso lo han hecho otros y han caído en la trampa del stablishment– sino para crear otro universo de juego, como puzzle sensorial e intelectivo.
Desde una contraposición de la temporalidad y alteraciones desde juegos, si no de abstracción, de extrañamientos referenciales, Yaniezki Bernal invierte símbolos, harto empleados según mi opinión, mas aún usables de modo inteligente, o más allá de la deconstrucción, hacia el camino de la desvirtuación. A la vez estas obras se sitúan entre la performance y la documentación, en esas zonas intermediales del arte hoy, que escapan de definiciones establecidas.
Como escudriñando algo en otras fuentes del arte, su emotividad personal y cierta metafísica que participa del arte, Elizabeth Cerviño se va personalmente a operaciones que calan más hacia la esencia de un "algo" y terminan siendo de nuevo la huella. Pero la huella del tiempo más allá de nosotros con cierto aire de perpetuación desbordante, a la vez paisaje –presunto interés de la artista– que trasciende a otros planos de orden no-occidental en cuanto a las nociones de espacio y formalismo en la obra.
En la pintura de Darwin Estacio parece no decirse nada pero entrampa a muchos con "qué significa" una imagen, sin interesarle aparentemente, pero muy comprometido con un análisis crítico desde la morfología de la pintura misma y su noción de portadora de significaciones simbólicas. Es uno de los que más arremete, dentro de este medio, contra la excesiva narrativa visual. Por eso algunas de sus obras parecen no acciones y no lugares con cierto aliento metafísico en algo hopperiano más dirigido hacia otras ambigüedades.
Otro entregado a lo pictórico es Ítalo Expósito. Con otra sensibilidad hacia lo rutinario, apelando insistentemente en la pittura grossa de la pintura-pintura. Esta vez se carga de mucho simbolismo, casi hermético, que recuerda las nociones de Blake y otros. Ítalo juega al no estilo y trascendentaliza la necesidad de escapar de una sociedad lacerada. Volviendo a respirar los aires de un post-romanticismo que nos conduce al mundo de las emociones.

A Osvaldo Gonzáles lo caracteriza la ironía, un sentido del humor desarrollado tanto en un lenguaje coloquial como en su obra. Pero esta en el medio de lo clásico y lo apropiativo, mas siempre manteniendo algo muy propio. Aun en sus errores se halla como virtud el análisis espontáneo –incluso en el análisis que desde la pintura ha estado haciendo durante estos años, dado a crear zonas neutrales donde confluyen géneros pictóricos que van desde la naturaleza muerta, el objetualismo cubista, el diseño interiorista, hasta la espacialidad que "no significa" sino mueve al juego.
Con las sensaciones es que percibo una dedicación por las cosas, con un sentido casi fractal, en estas obras de Darlyn D. Gorgoy. Deviene de un sentido gráfico –recordemos que algunos somos más pictóricos, o más dibujísticos, o pensamos más espacialmente, en dependencia de una particular operación mental que nos caracteriza y nos hace expresarnos de modos diferentes; aun respecto a un mismo motivo o concepto. Y ese proceso de síntesis que le es inherente explota esta vez en parsimoniosos rizomas pictóricos que nos llaman de nuevo a una silenciosa contemplación.
Desde la simpleza, Yornel Martínez hace construcciones metafóricas que no nos llevan a un pensar, sino  a un dejarnos llevar por la arquetípica naturaleza asociativa del ser humano. Él posee la extraña elegancia de la mesura, del decir más con menos. Crea tropos con las paradojas o acertijos, muy relacionado con el jaiku visual que exige procesos sintácticos de alta contención simbólica. Además de esa virtud, en su expresión late cierto humor, pero sobre todo una frescura intuitiva que nos hace sentir que el todo está como debe ser: ordenando el caos con lo mínimo.
Desde una simbiosis entre lenguaje y convivencia, Glenda Salazar ha creado no lugares que pertenecen a todos. Porque es curvilíneamente holística. En sus fotografías se esconde esa sensibilidad por mirar al fragmento, el elemento esencial que se hace detalle magnificado y asociativamente puede remitirnos a diversas construcciones simbólicas. Pero en Glenda –incluso en su propensión textual– no encontramos una simple lectura. Son figuras de sentido lo que crea. Iconos sensoriales que apelan a la vivencia de cada persona aunque contengan grados de construcción asociativa de base cultural y filosófica.
Otro que ha radicalizado la mesura y opera desde una intuición, que es más que el instinto y muchos lo olvidamos, es Irving Vera. Lo caracteriza desde hace unos años una frescura originada por lo simple y lo asociativo. Pero no cae en el disparate de ese algo que se torna evidente en mucho arte. Irving es un poeta visual de un alto nivel aún bastante ignorado –y sabido, cobardemente escondido– por muchos. Tal vez porque en sus humildes esculturas y objetos o en sus mordaces dibujos se da un personal y extraño entramado entre antropología, metáfora, austeridad, cripticismo, que puede escapar de las mañas de la crítica, ejercicio obsesionado con explicarlo todo, describirlo y hacer todo comprensible o metateórico.

Porque algo que subyace en esta muestra de artistas, con su posible diversidad y aparente aleatorismo, es una sensibilidad por subvertir el poderío conceptual, no destronarlo, sino darle otro humilde soplo con resortes sensitivos. Porque se repite hasta el hastío que el arte es el reino de la subjetividad mediante complejos procesos de construcción lingüística y simbólica. Pero no reparamos que hay obras "más subjetivas" que otras. En esta muestra se mueve cómodamente esa intangibilidad que tanto asusta a la filosofía, la ciencia, el poder y la política –y sobre todo a la cultura de esta parte del mundo. Porque suponemos entender, siempre tratar de captar algo en nuestras mentes, y enfriamos otras capacidades propias del arte en su sentido relacional, analógico, no entrampado en lo estético aunque lo sea –al menos escapando del vacío hedonista, aun apelando a la simpleza sobre la sofisticación.
Como bien plantean sus artistas, las dimensiones aquí son diversas, pero no desde esa superficie física y ese cliché artístico para nombrar lo impreciso; sino desde una blandura que remueva del pensar el trauma cartesiano. Y aunque algunas de las obras las pueda considerar imperfectas, y tal vez eso sea más una virtud que un defecto a veces, la mayoría provienen de un real ejercicio intuitivo. Y aunque para muchos parezca una muestra donde el espacio atenta, quizás redistribuible en su diseño museográfico, y con cierto aire de añoranza por momentos formativos, es el resultado de una bella complicidad entre todos. Y es el resultado de sensibilidades compartidas, o descreimientos que los unen contra el imperio de la razón.

Owingen-La Habana, enero de 2012.

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